Pavo (edad del) en agosto

 

Dos de mis nietas disfrutan este agosto de la edad del pavo. Una en la cumbre y la otra en las estribaciones, así que juntas forman un variado y enigmático equipo de escalada púber. Del tratamiento de este tránsito adolescente dicen mucho los manuales, todos aconsejando estrategias de apaciguamiento frente a comportamientos impredecibles, en plan de derrochar comprensión y aguante, mucho aguante. Pero nunca adoctrinar con alguna colleja o capón, que es lo que a veces pide el cuerpo. Doy fe de la felicidad que me producen los cambios en su físico y en su personalidad, y testimonio de que grupos externos invaden su mundo y rivalizan con la familia: la “mejor amiga” compite con la abuelita, la abstrusa conversación intrageneracional desplaza el resto de la comunicación hacia los monosílabos, todo ello intensificado por los llamados teléfonos móviles y otros artilugios consustanciales a los nativos digitales. Y eso del “pavo” ¿por qué? Se trata de una galliforme originaria de otras tierras, de formas raras, de sesgo machista y especializada sacrificialmente en concretas efemérides festivas, que se ha introducido en el terreno metafórico con expresiones varias relativas al pavero, a pelar la pava, a echarle guindas, a los “pavos” monetarios, a no seas pava y a hacer tonterías o pavadas que es lo que dicen o hacen mis nietas, pero transitoriamente y no sólo ellas. Tal pareciera que la edad del pavo afecta a los políticos, a las sociedades, a los profesionales, en general, y a los economistas en particular, que no dejamos de decir pavadas sobre casi todo.

Esta agosto me autoflagelo y releo críticas provocadoras (a falta de que Quevedo no llegara a tiempo para meternos mano) de las que afirman la obviedad de que habrá una recesión sin decir cuánto ni cuándo, que es tanto como afirmar que una paz es un período ente dos guerras. Y leo que nuestras conclusiones económicas son “una perogrullada, una banalidad más o menos equivalente a “sólo se es joven una vez” o “mañana hará buen tiempo si no llueve”, porque reviso “Houellebecq economista” de Bernard Maris. Su amigo, periodista y economista, víctima del atentado contra Charlie Hebdo en 2015, que rastrea en las obras del literato sus opiniones sobre conceptos económicos y vomita sobre los profesores de economía cuya “vida profesional, en suma, podía reducirse al hecho de enseñar absurdidades contradictorias a cretinos arribistas”. Pueden ser pavadas sobre pavadas, pero no me negaran que inquietan. Ante el palmario fracaso de las anticipaciones sobre la crisis, la ausencia de soluciones, erradas previsiones sobre los precios de las materias primas o elementales fenómenos económicos, ¿qué pide la sociedad presuntamente ilustrada?: más previsiones de los mismos, que responden con aburridos sermones admonitorios, porque nada se juegan. Enuncian pavadas aunque más solemnes que las de mis nietas. Se pavonean, Y las consecuencias no son moco de pavo.

 

Manuel Ángel Martín López

@eneltejado

 

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