Perrerías

 

Alejandra tiene a “Bolita”, una juguetona bichón maltés, y María tiene a “Cohen”, un inquieto Jack Russell terrier, de los que yo disfruto en vacaciones, los fines de semana y algún día suelto. A mí no me permiten –observen el cauteloso impersonal- tener perro por aquello de la carga logística, del cuidado y responsabilidad que al parecer todos los miembros de cualquier hogar parece que eluden a medio plazo. Es una excusa simple pero eficaz, ya que no termina de provocarme un “yo me haré cargo”. He disfrutado de compañía y convivencia perruna –“Fiel”, “Ederra”, “Satán”, “Merlín”, “Txiki”, “Tara”, y así muchos- durante toda mi vida pero reconozco que de los aspectos gravosos se ocupaban otros. Pienso en “Bolita” y “Cohen” y me alegro de que haya entrado en vigor el acuerdo europeo sobre protección de animales de compañía, que impide una larga lista de prácticas con sus congéneres ya sean vejatorias o dañinas; en fin, inhumanas. Deseo fervientemente que la normativa sea más eficaz que la muy abundante que los humanos dedican a otorgarse a sí mismos derechos de toda índole. Me gustan los perros por su compañía tranquila, por su fidelidad y por todas aquellas cualidades que Byron encontraba en su fallecido “Terranova”, especialmente por su valentía sin ferocidad, su “strength without insolence”, pero sobre todo por su coherencia: se les ve venir. Precisamente debe ser cosa del instinto esa inteligencia práctica y poco desarrollada, que elimina lo superfluo y que reconoce la realidad de las cosas. Los humanos, más sutiles, mentimos y nos engañamos, no reconocemos nuestras limitaciones y nos contradecimos, en lo grande y en lo pequeño. No es ya que nos persigamos, nos torturemos o nos matemos entre nosotros (¿nos hagamos perrerías?), sino que predicamos tolerancia de forma intolerante y exigimos igualdad cuando lo que nos divierte y motiva en nuestra vida cotidiana es la competencia y la desigualdad.

La igualdad en el deporte es aburrida, no da espectáculo ni audiencia ni dinero, y lo es también en los concursos televisivos, y en las oposiciones, y en los mercados. A veces, en las derrotas, las sentencias de los jueces mediáticos se dramatizan con un punto cruel frente a niños que fracasan haciendo una quiche Lorraine en “masterchef”, cantantes que no triunfan o concursantes con flaca memoria. Todo se acepta porque “la calle“ reconoce que la utópica igualdad es menos funcional y necesaria que la justicia, menos que el realismo y el respeto mutuo. Creo que eso es lo que practican con naturalidad los llamados mejores amigos del hombre y lo que hace que aquello del lobo de Hobbes siga estando en el envés de toda declaración de derechos humanos. Protegemos a los seres vivos con exclusión práctica de nuestros semejantes. Para seguir aprendiendo de ellos, voy a pedir a mis nietas que me dejen más a Bolita y a Cohen. Mientras consigo un perro para mi solo. O una perra, que me es igual.

 

Manuel Ángel Martín López

@eneltejado

 

Dejame tu comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *