Puertas cerradas, puertas abiertas

 

A comienzo de los setenta un amigo agricultor francés se presentó en Andalucía en busca de trabajadores cuyo contacto había perdido. Durante años había contratado a casi todo un pequeño pueblo andaluz para los trabajos de vendimia. El cura del lugar había sido el imprescindible enlace epistolar, y, muerto éste, la comunicación se había interrumpido, obligándole a viajar para retomar la conexión que tan necesaria era para su negocio. Lo resolvió adecuadamente y yo me quedé con el recuerdo de las conversaciones mantenidas y con una referencia obligada de los cambios acaecidos, no sólo en Andalucía (que son evidentes) sino en mi propia perspectiva de la cuestión migratoria. Mi amigo gabacho no comprendía bien mi sensación de atraso y humillación, por la dependencia económica, por los rasgos aún de Andalucía profunda (el cura como imprescindible escribidor), por las condiciones laborales, por los comentarios denigrantes sobre la mayor productividad vendimiadora de los niños. Jacques sólo veía la parte positiva de dar trabajo, de mejorar los ingresos, de la voluntariedad (¿) de los emigrantes temporales. Trascurridos cincuenta años, el hecho nuclear se mantiene, aunque en mucha menor medida, pero los rasgos negativos casi han desaparecido y los positivos han aumentado. Todo es más complejo y contradictorio. Son otros migrantes quienes ahora trabajan los campos de Almería o Huelva, mientras el paro andaluz se sigue situando en ese 25% tan rígido a la baja. Los fenómenos migratorios son consustanciales a la historia de la humanidad, bien que el sentido y la intensidad de los flujos haya variado por épocas o estaciones. Es normal, pues, que el análisis teórico sea tan abrumador como diversas y opuestas son las soluciones, de tal manera que, como en muchos asuntos, se llega a la “parálisis” por el “análisis”, y cunde el miedo a decidir y ejecutar.

El imprescindible demógrafo Massimo Livi Bacci concretaba (con notable obviedad) que la respuesta al dimensionamiento de los flujos se movía entre dos extremos: la sociedad cerrada y la sociedad abierta. Ambos modelos dependen de ideologías, de antecedentes históricos, de factores culturales y económicos, y esto hace que los 28 países europeos se dividan y aproximen a una u otra respuesta. No sin cierto escepticismo, es de agradecer a los presidentes Sánchez y Macron que conversen en la “búsqueda de soluciones a las presiones migratorias” tal como figura en el orden del día del Consejo Europeo del 28-29 de junio, porque en encontrarlas y compartirlas nos va el futuro de Europa. Por ahora, la idea de Macron de los “centres fermés” para en ellos “instruir los expedientes” y “raccompagner” a los rechazados a sus países de origen, no parece muy innovadora. Campos cerrados, de concentración, isla de Ellis, campos de refugiados. Sánchez está de acuerdo. Eso sí, se advierte que serán financiados con fondos comunitarios.

 

Manuel Ángel Martín López

@eneltejado

 

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