En su visita a Asía el presidente Donald Trump tiene el punto de mira sobre Corea del Norte y el asunto es grave porque afecta al botón nuclear y a la paz mundial. Como usted, lo veo y lo leo en las informaciones internacionales y me pregunto si me inquieta más o menos que la “cuestión catalana”, la financiación autonómica o que la tradicional pertinaz sequía. Me parece que algo menos, y no debería ser así porque en un mundo globalizado estamos conectados al Pentágono (ahí Rota y Morón), a Wall Street y la Reserva federal, y a los Dry Martini por nuestra aceitunita ensartada. Además, Trump, un tipo proteccionista, propaga con eficacia un virus contagioso que acaba afectando a nuestros productos aeronáuticos, a nuestras olivas y a los turistas a través de aranceles y barreras burocráticas. La incidencia del Imperio es tanta que cada vez que celebran elecciones en EE.UU hacemos circular la broma de que los ciudadanos del mundo deberíamos votar en ellas. Es sin duda una exageración, pero responde a una realidad reconocible. Algo así me pasa con Cataluña, sobre todo cuando se acercan estas elecciones en que se decidirá asuntos que me afectan directamente. Si en un mundo interconectado a base de siglos y tecnología, la trama de relaciones es tupida y extensa, no hace falta insistir en cómo es la de los catalanes con el resto de españoles que conformamos la España que tantas alegrías y disgustos nos da. Estos separatistas cirujanos de pega que quieren sustituir un corazón por otro, necesitan para poder acceder al órgano cortar redes de tendones familiares, mallas de venas comerciales, robustos músculos culturales y hasta madejas casi invisibles de nervios emocionales. Yo no voy a colaborar a esa tarea cruenta y que el boicot de productos lo haga el que quiera sumarse al destrozo, pero sí reclamo tener voz y voto en la sesión clínica que decida la intervención que tanto va a afectar a mi familia, a mi patria grande y a mi patria chica. Algunos dan gran mérito a la permanencia demostrada por la división territorial en provincias establecida en 1833 por Javier de Burgos (hoy con muy diferentes características demográficas), pero otros expertos sugieren que, siendo la base de las Comunidades Autónomas, es en parte responsable de la baja proporcionalidad del sistema electoral y del diferente “precio” en votos de los escaños de cada circunscripción.

Más concretamente, lo que veo es que los vascos y catalanes mandan en el Congreso español como bisagra, y por supuesto en su Eusko Legebiltzarra y en su Parlament, mientras yo, residente andaluz, no me veo tan ubicuamente representado. Y ahora van a decidir su independencia a través de mecanismos que podrían calificarse de “ingeniería democrática” si no fuera porque la ingeniería es una actividad limpia y constructiva. Ya sé que no voy a votar el 21-D, pero no me digan que no tendríamos razones para pedirlo.

 

 

Manuel Ángel Martín López

@eneltejado

 

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