Escribo hoy desde la alarma y la tristeza por lo que viene ocurriendo con la unidad de España y estoy seguro de que usted también comparte estos sentimientos, sobre todo si su vida ha transcurrido dividida, casi por igual, en dos períodos, el primero bajo una dictadura y el segundo en una democracia ya cuarentañera. Elijo la sospechosa palabra “unidad” admitiendo que puede hablarse del respeto a las consabidas peculiaridades regionales, la pluralidad o el federalismo, pero eludo utilizar términos como convivencia (tal que fuéramos una comunidad de vecinos) o integridad territorial (como si una parte del territorio fuera a desgajarse como una nueva Atlántida). Lo de esa unidad que se pierde es algo tan simple cómo reconocer un pasado común y además tener un proyecto de futuro compartido, y remito a Renan. A estas alturas ya hemos repasado a fondo la historia del separatismo, sus argumentos, sus exigencias, sus posibilidades; hemos sufrido las controversias de infalibles constitucionalistas y politólogos, analistas y periodistas. Poco se puede decir ni oír más, salvo aludir al ruido y la furia que se ha incorporado a cualquier declaración o debate, todo ello adobado por la tecnología y las redes sociales que han hecho de la injuria una costumbre y de la impunidad un derecho. Resulta irrelevante el origen, culpable y semejanzas del conflicto. Para algunos el 1-O de 2017 habrá sido una repetición del 9-N de 2014, otros se remontarán a 1934, y muchos culparán a Rajoy que es el culpable por defecto de todo mal. Algunos adversarios vienen pidiendo su dimisión desde 2012 y por variopintas causas, al menos son coherentes y piensan con sus intereses por delante. Habrá también quien recuerde aquello de “conllevar” el problema, al fin y al cabo lo del domingo ha sido una recidiva, reaparición del tumor tras un periodo de ausencia de enfermedad.

De lo que viene pasando y de la algarada separatista dominical me quedo con la dificultad de elegir fuentes correctas y neutrales analistas. Las palabras dan para mucho, y si es evidente que se impidió un referéndum como Dios manda, también lo es que los sucesos, su interpretación y hasta su manipulación favorecen el victimismo arrogante de los “golpistas”. Se dice que la primera víctima de una guerra es la verdad, y aquí las verdades pueden escogerse a gusto de cada ideología. Nos queda confiar en las leyes y en la sensatez de los políticos. Los enemigos reconocidos por el dictador Franco no eran los “rojos”, sino los separatistas y los liberales, con dos hipótesis que quisimos desmentir en 1978. La primera exigía para la supervivencia de España la represión de la diversidad y de las tendencias centrífugas. La segunda, arremetía contra la democracia de partidos porque atribuía al españolito una sangre caliente proclive a la bronca y negada para el consenso. Insisto en que me gustaría acabar mis días sin concederle un ápice de razón.

Manuel Ángel Martín López

@eneltejado

 

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