La revancha es una forma deportiva de la venganza, ese gran eterno tema o tópico que tanto juego ha dado en la literatura, en la ópera y en la vida misma, esa reacción tan universal que nos humaniza y Shakespeare lo ratifica por boca de su mercader veneciano: somos iguales porque sangramos si nos hieren, morimos si nos envenenan, pero, sobre todo, porque todos buscamos la venganza si nos han hecho daño. La venganza tiene sus máximas, sus reglas y sus ritos, y vean su versión sigloveintiuno en la deslumbrante Kill Bill de Tarantino, de la mano y del brazo de La Novia Uma Thurman prolongado por una tan mortífera como emblemática katana. La revancha, ya digo, quizá rebaje la venganza a un nivel más popular y lúdico como lo es la búsqueda de un empate, pero también tiene su toque barriobajero y miserable, mejor cristalizado en el vocablo “revanchismo” que es el que usa el PP de Rajoy para denunciar las “maniobras” que el Gobierno socialista está realizando –dicen- contra José María Aznar. La verdad es que el ex presidente se lo está poniendo fácil con sus gratuitas declaraciones actuales y con sus pasados delirios de grandeza, pero eso no quita para que el instinto revanchista –que tienen su cauce democrático en las elecciones libres y en la contradicción parlamentaria entre gobierno y oposición- se haya desbordado al ámbito de la opinión pública con la utilización de procedimientos algo lejanos del juego limpio y del respeto a la estabilidad del sistema político, que es lo que de verdad nos preocupa a todos.
La utilización por el gobierno de informes que curiosamente aparecen en los cajones de los Ministerios, de “papeles” olvidados en Moncloa, de contratos de fácil explotación demagógica, e incluso la afloración de presuntos déficits ocultos hay que entenderla dentro de una operación de acoso político acompañada del explicable deseo de culpar al antecesor de los problemas con los que ahora deben enfrentarse, pero es fácil derivar hacia el ojo por ojo, el vae victis! y la venganza almogávar no exenta de sabor catalán y tripartito, y eso no está nada bien porque tensa el sistema y “sicilianiza” la historia. Lo mismo en Sevilla ya hay quienes esperan llenar los huecos que van a dejar las vencidas huestes del socialista Pepe Caballos que serán desalojadas de cargos y prebendas, y aderezan su ocupación fratricida con un tono de revancha para aviso de navegantes y alimento de rencores, y eso tampoco está bien, incluso para los que ya están de vuelta de casi todo. Sin embargo, sigue vigente ese poderoso atractivo de la venganza que nos hace vengativos más que vengadores.

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