Salvar al soldado Europa

 

Ni los Pactos de la Moncloa ni el Plan Marshall fueron ejemplos de solidaridad sino más bien de conciertos de intereses enmarcados en un contexto concreto que los posibilitaron. Ello no anula su alto valor simbólico recogido en un imaginario colectivo ampliamente compartido y por ello son utilizados como señuelos de concordia y superación de crisis socioeconómicas. Recientemente en 2008, en 2012, y de vuelta en la actualidad. El documento firmado en Moncloa el 27 de octubre de 1977 se encaminaba a unas reformas estructurales, política de rentas y recuperación de los equilibrios macroeconómicos que nuestra izquierda actual calificaría de neoliberales y la derecha de entonces de excesivamente aperturistas y tecnocráticos. Aquel acuerdo se explica, a mi juicio, por la desesperada situación económica en aquel delicado momento político, y, emocionalmente, por el miedo y por la ilusión: miedo a la vuelta atrás, e ilusión ante un futuro en el que todos, los muchos, partidos políticos querían ver una oportunidad. Que hubo ingredientes de genio político (incluso de lo que ahora se reclama como “altitud de miras”), de visión de Estado y de generosidad (hoy, “arrimar el hombro”) no lo dudo, pero ahora ni miedo, ni ilusión por un mejor futuro compartido son motores del acuerdo. Más bien lo son la sobrevaloración de las ventajas del desacuerdo y de las posibilidades de “sacar tajada” para el separatismo y el radical cambio social.

Andréi Gromyko dice en sus memorias que el general de cinco estrellas George C. Marshall propuso un plan para extender la doctrina Truman “cuyo propósito era consolidar el capitalismo e impedir que se produjera un progresivo cambio social”, propósito que no compartiría la izquierda que actualmente lo reclama. El ministro de exteriores soviético hacía una interpretación correcta. Detener la expansión del comunismo en plena Guerra Fría y generar demanda para las empresas americanas, coincidían con el noble objetivo de la reconstrucción de una Europa devastada, facilitando para ello subvenciones, créditos blandos, y otras formas de financiación y transferencias de rentas. Aquí también se manifestaba la convivencia de objetivos egoístas y altruistas. La ganancia neta de los americanos era incrementar su hegemonía económica y política, porque no existen almuerzos gratis. Cuando la presidenta de la Comisión Europea, defiende un Plan Marshall europeo, no acabo de identificar quién hará de Tío Sam ni qué ventajas obtendrá, ni qué pueda exigirnos, aunque me lo temo: esa “devaluación interna” que recomendaba Krugman ante la crisis en 2008 o las condiciones de un “rescate” en toda regla. George Marshall, a la sazón Jefe del Estado Mayor Conjunto en 1944, ordenó salvar al soldado Ryan, único superviviente de cuatro hermanos en la Segunda Guerra Mundial. Lo consiguió. Su salvador, moribundo, le reclama “que se haga merecedor y digno del esfuerzo”. Lo cuenta Spielberg.

 

 

Manuel Ángel Martín López

@eneltejado

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