Septiembre en agosto

 

Nuestra memoria histórica es limitada en tiempo y espacio. Para de verdad cambiar el pasado hay que remontarse a las formas y nombres para medir el tiempo porque los cargó el diablo ideológico, el poder o las religiones. Lo vieron claro los verdaderos revolucionarios y entre ellos, bellamente, los franceses empeñados en testimoniar que el cómputo temporal comenzaba con ellos: el año primero empezaría en el equinoccio de otoño, un 22 de septiembre con la proclamación de su república. Entre un poeta y un jardinero nombraron a los meses en plan laico entrando en escena Germinal, Fructidor o Thermidor. Así hasta doce partes alícuotas todas de treinta días, que lo revolucionario no quitaba lo cartesiano. Y los seis días sobrantes hasta los 365, dedicados a fiestas nacionales: del tipo fiesta de la Virtud, del Trabajo, de la Opinión, todo muy buenista al mejor estilo actual de la izquierda populista. Un cambio a fondo más hermoso e inteligente que andar estúpidamente cambiando los nombres de las calles, aunque igualmente pasajero. Siendo hoy 3 de septiembre, tengo la sensación de la prolongación de agosto como Fructidor se extendía hasta el comienzo de Vendimiario, allá por el equinoccio. Agosto resulta un capítulo más de una serie televisiva sobre el Brexit, el Open Arms, la migración, las cosas de Trump, el cambio climático, las alarmas alimentarias, la investidura sin vestir y todos esos temas que usted ya sabe y que parecen gozar de un “continuará” imperecedero. Me permito resaltar dos “leitmotiv” imprescindibles, cuales son el amedrentamiento y la incertidumbre. Del miedo nada puedo añadir a lo que los medios, la “pulp fiction”, el arte y el poder nos infunden para emocionarnos y persuadirnos. No se dejen influir, lo que tenga que pasar, pasará más allá de su capacidad de influencia. Cuando se pueden asignar probabilidades a los sucesos, la incertidumbre se transforma en riesgo y así la revestimos de cálculos matemáticos como si ello garantizara el acierto. Se demuestra que la mejor estimación de la posición final de un borracho que se desplaza aleatoriamente es su punto de partida (llámese martingala). Nuestro borracho hegemónico es Trump que nos tiene despistados, paralizados ante el espectáculo tragicómico y enloquecidas las bolsas. El escenario local se los disputan varios beodos.

¿Y moverse continuamente? El león y la gacela lo hacen para comer o no ser comidos, y la competencia aconseja no parar de correr. El problema es que ignoramos cuándo somos presa o depredador, que correr cansa mucho y no sabemos hacia donde. Los “comunicadores” nada saben del futuro y excusan pronunciarse sobre elecciones, gobiernos de coalición y otras tontunas, y se adornan con la vulgaridad de que “saben que no saben”. Vaya. Lo mejor es que mis nietos retornan al cole sin miedo y con certidumbre sobre sus rutinas. Eso es lo que importa y hay que defender. Incluso aunque llegue Brumario.

 

Manuel Ángel Martín López

@eneltejado

 

Dejame tu comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *