Sobre los ángeles

 

Como de costumbre, la Casa de Castilla y León de Sevilla organiza un viaje para visitar la exposición de arte religioso  “Las Edades del Hombre”. Buena costumbre a la que yo me suelo apuntar. Esta “muestra” va ya por su episodio número veinticuatro, tiene sedes variables y esta vez le ha tocado a Lerma. Cada exposición tiene un lema, un hilo conductor que articula y justifica la elección de lo expuesto y que este año es “angeli”, o sea sobre los ángeles. Un asunto irresistible. “Servidores y mensajeros de Dios”, seres más reales que imaginarios en base a su presencia histórica e íntima, y pocos de mi generación han dejado de invocar alguna vez al custodio o “de la guarda” con la seguridad de que existía para proteger a uno mismo o a los más queridos, al individuo o a todo un pueblo. Los ángeles hacen de todo. No son sólo las religiones “del Libro” las que han creído y “creado” estos eficaces ejecutores de las órdenes de la divinidad, sino que su contenido espiritual o simbólico se remonta a las culturas precristianas, mesopotámicas o precolombinas. Desde que conocí el tema me inundaron los recuerdos de una Historia Sagrada, hoy preterida y no sustituida por nada ni sagrado ni profano; de un Miguel con armadura y lanza, un anunciante Gabriel (el del “restaurado” Fray Angélico”), de un Rafael curador de cegueras y de muchos otros, querubines o turiferarios, leales y cumplidores. Era una oportunidad de ver un “relato” monográfico de sus representaciones iconográficas. Tomás de Aquino escribe que los ángeles carecen de forma física aunque pueden tomar cuerpo y que fueron creados buenos por Dios. Eso les aproxima a los humanos y admite su “caída” por rebelión y soberbia, convertidos algunos en demonios al grito corrector de “¡Quién cómo Dios”. En esta España de la soberbia, los pactos indecentes, las ambiciones personales y la insolidaridad extrema, las mutaciones angelicales en demonios continúan.

Así que, animados por una buena organización y las ganas de cultura, hemos vuelto de nuevo a esa Castilla, esta vez del Bajo Arlanza, casi frontera entre la rica Rioja y las estribaciones de la España vacía aunque llena de retablos, iglesias bellas e insólitas y recuerdos de grandeza política y económica. Y ya que estamos nos llegamos a San Millán y Santo Domingo. No avistamos ángeles, pero en el aire de los pueblos de menos de doscientos habitantes, en las inmensas planicies hay misterios que reinan y susurran. Hay grandes “stocks” de espiritualidad, enormes flujos económicos de dignidad, ventajas competitivas en trascendencia. Como un Alberti en crisis, esta tierra podría decir: “¡Nostalgia de los arcángeles!/Yo era…/Miradme”. Pero no sería justa ni con sus habitantes ni con el futuro. Quizá busco ángeles en lugar equivocado. Quizá lo son la buena gente que en los pueblos nos guía y atiende. Quizá lo sean mis compañeros de viaje.

 

Manuel Ángel Martín López

@eneltejado

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