Son odiosas

 

Dícese que lo son las comparaciones por aquello de que alguien pude sentirse ofendido o quizá porque estén cargadas de mala leche. Pero la comparación, la analogía, o -ya que estamos de rebajas con el idioma- el “benchmarking”, pueden presumir también de aproximación científica e incluso de figura poética. “¿A un día de verano habré de compararte?”, traduce García Calvo al de Stratford y nos deja conmovidos y algo perplejos, más por el encanto que atribuye al verano inglés que por el halago al ser amado. Pero a lo que voy es a su carácter de herramienta argumental, de brújula que hay que obedecer para alcanzar el éxito, la felicidad o, simplemente, el desarrollo. En la jerga económica se diría que la comparación recomienda el “cambio de modelo productivo”, frase que no compromete a nada y que es suficientemente ambigua como para pasar por inteligente. En Andalucía hemos querido ser California o Florida, así, de forma audaz, global y metafórica; a los españoles nos halagó en su día que nos llamaran “los alemanes del Sur”, y algunos vieron la Costa del Sol como Costa Azul y a Sevilla como Florencia, objetivos que, me temo, ya se van superando. Más astutamente, algunos supusieron que era posible una imitación “a la carta”, según en qué aspectos y sólo en uno, y así en cuestión de educación nuestro referente es Finlandia, en temas de inmigración es Suecia el ejemplo a seguir, en igualdad salarial es Islandia, y en financiación autonómica encuentro muy citado el modelo australiano. Como ven –y ustedes tendrán sus propios ejemplos- todo muy razonable, muy comparable y…muy oportunista y traído por los pelos. En cuestión del llamado “modelo de Estado” y del muy trajinado federalismo, el derecho comparado y el “copia y pega” no tiene límites, como si nuestra propia historia no tuviera un fondo de armario político e institucional más que suficiente para saber cómo nos ha ido con diferentes escenarios y ocurrencias. Todo indica que los trasplantes e injertos socioeconómicos generan rechazo según en qué cultura y estructura social, y no resulta aventurado afirmar que imitar aspectos parciales, sin aceptar otros que arrastran o sin afrontar un coste asociado, es experimento condenado al fracaso.

Metidos ya en el monotema de rabiosa y tediosa actualidad, no me digan que no resultan extravagantes las comparaciones exhibidas por los separatistas catalanes que unas veces quieren ser como Luxemburgo, otras como Escocia, también como Kosovo, a veces como Estonia o Eslovaquia, y muy preferentemente como Quebec, todos ellos enclaves con grandes similitudes históricas y geográficas con Cataluña. Similitudes por el forro. Por mi parte yo prefiero que seamos como somos, y pensemos qué queremos ser desde nuestra cultura, nuestros valores y nuestras capacidades. Prefiero seguir siendo yo, y –como mucho- mis circunstancias. Porque las comparaciones son odiosamente simplificadoras.

 

Manuel Ángel Martín López

@eneltejado

 

Dejame tu comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *