Hago un pequeño y lúdico sondeo veraniego y pregunto a mis amigos y familiares de temporada: ¿qué os ha parecido el “posado” de las ministras? Confía uno en que el asunto puede situar el nivel de la conversación en un término medio entre el cruel repaso al prójimo -cercano o famoso- y la cosa intelectualoide o política que tantas sobremesas arruina, pero uno se equivoca. Prueben, prueben y verán como se encrespan los ánimos y obtienen resultados tan tensos -si hay pluralidad en la audiencia- como previsibles. Al menos y en mi caso les adelanto que, con relación al frívolo suceso, mis encuestas caseras indican que aquellos más o menos ubicados en la derecha sociológica y política opinan que es un hecho abominable, y a los situados en el entorno psoísta les parece de perlas. De Perogrullo, viaje para el que no hacía falta ninguna alforja de indagación sociológica por muy superficial que fuere. Cierto que mis interlocutores se nutren del alimento variado que les facilitan tertulianos, editorialistas, entrevistados y columnistas, pero todos parecen tener la habilidad de elegir el menú que mejor digieren sus prejuicios, aquél en el que encuentran convalidación sus ideas -o mejor creencias- preconcebidas. Bueno, todos no. Algunos hay que esbozan un intento de análisis ponderado -“por un lado, por otro lado, desde otro punto de vista, teniendo en cuenta que…”- pero son rápidamente aplastados por quienes exhiben la más impúdica seguridad envuelta en la más descarnada grosería. Los tibios, los dubitativos a lo Hamlet, los irresolutos quedan donde los puso el Dante, a las puertas del infierno sin tirar ni para adelante ni para atrás, “envidiosos de cualquier otra suerte”.
Antes y ahora las “hinchadas” invaden con demasiada frecuencia el campo de la política -véase la Venezuela de Chávez- la “polarizan” y desalojan a los tibios. Un verdadero hincha quiere que gane su equipo aunque sea de penalti inexistente en un mal medido tiempo de descuento, y se alegra de las lesiones del contrario. Todo con tal de que el otro no gane, se hunda, desaparezca. Nada de reconocer las faltas propias ni los méritos ajenos. El hincha sobrevive porque tiene una hinchada que le protege y comparte sus valores, que le defiende con razón o sin ella en plan credo legionario. Por suerte, en el deporte no es el público el que decide quién gana y quién pierde, sino las reglas y los árbitros. En política, por el contrario, los hinchas votan y alborotan, y así la esperanza está en los tibios, en los indecisos e inseguros que sobreviven con dificultad entre las convencidas hinchadas de tirios y troyanos.

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