Un problema nuestro

 

Cuando nuestra autonomía andaluza era incipiente, animosa e ingenua, se asumía –doy fe- entre sus neófitos gobernantes el aventurado criterio de que todo lo que sucedía en Andalucía era asunto suyo y que luego ya se hablaría de las competencias asignadas legalmente. Este disparate administrativo tenía, sin embargo, un fondo de evidente generosidad y de hambre política, pero también un nexo racional con el principio de que el territorio es requisito indispensable de cualquier nación o nacionalidad, y es la población que en él se asienta quien debe ser objeto y sujeto de gobierno. La cuestión que me intriga no es que fuera de esa manera, sino cómo hemos pasado de aquella “hiper responsabilidad” a un escapismo generalizado que ante las crisis practica la desagradable respuesta de “ese no es mi problema”. Esta actitud se ha extendido en una sociedad que trata de no asumir responsabilidades, pero se concreta y agudiza en la estructura política, quizá por la confluencia de diferentes niveles de gobierno y por la hegemonía de la partitocracia, que hace que la ocupación por unos u otros de esos niveles cambie las relaciones de colaboración o enfrentamiento entre los mismos. Muchas situaciones pueden servir de ejemplo a lo anterior, pero su cronicidad, actualidad e importancia, lleva a considerar la cuestión de la migración (se ha conseguido prescindir de los prefijos in- y e- que resultaban algo valorativos). El discurso al respecto incluye la perogrullada de que es un problema “complejo” (característica consustancial de todo problema que se precie), la constante afirmación de que es una cuestión europea, y la coletilla imprescindible de que el gobierno “anterior” ha pecado de imprevisión y de ineficacia. Ni el sensato Ministro del Interior, Grande-Marlaska, ha sido capaz de sustraerse a este argumentario estandar en su reciente visita al Campo de Gibraltar. Visto el fracaso de las negociaciones a nivel europeo, la diferencia de políticas migratorias de los diferentes miembros, y las actuaciones provocativas de algunos de ellos, debe reconocerse que el problema es “nuestro”, conclusión obvia a la que ya habían llegado los alcaldes y la población de las zonas afectadas, las fuerzas de seguridad, la Cruz Roja y demás ONG, cualquier ciudadano medianamente informado y, sobre todo, los propios migrantes, actores fundamentales y sufrientes. Si en general lo global exige soluciones locales, invocar la responsabilidad de los demás no exime de decidir sobre medidas concretas que afectan a la gestión del bienestar de los afectados, pero también a medidas menos agradables que tienen que ver con su número, condición, identificación y selección; con la protección de las fronteras y la atenuación del efecto llamada, alimentado por un desproporcionado saldo vital. Sin olvidar que todo tiene un coste económico y emocional. Sin olvidar que el problema es nuestro.

Manuel Ángel Martín López

@eneltejado

 

Dejame tu comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *