El candidato demócrata Kerry se está excediendo en el intento de movilizar a los indecisos con mensajes diáfanamente conservadores. Esto es la política: decir lo contrario de lo que se piensa con la intención de ganar cuantos más votos mejor y hacer un complejo guiso digerible por el mayor número de estómagos. Ya en la Convención demócrata, el candidato Kerry dedicó sus mejores esfuerzos a provocar estallidos de aplausos con alusiones a Dios, a la bandera y a la familia, tres frentes tan sensibles en su país como en el nuestro, pero tratados de forma bien opuesta. Dejemos aparcados a Dios y a la familia, porque hoy vamos de banderas, primero la de barras y estrellas esa “Old Glory” que Kerry señalaba como “el símbolo más poderoso de lo que somos y en lo que creemos. Nuestra diversidad. Nuestro amor por el país”. En ese equilibrio entre unidad y pluralidad que predica Rodríguez Zapatero por el difícil camino ibérico de “e pluribus unum”, los yanquis de todo pelaje político han decidido hace tiempo que su bandera es una y única. La bandera es un trozo de tela cuya principal cualidad es distinguirse “a largas distancias y con vientos calmosos”, y en esa función indicativa la rojigualda no es de las peores. A partir de ahí cualquier carácter emocional y simbólico puede serle atribuido, y son éstos los que hoy tienen más importancia según se deduce de su utilización conflictiva, porque a una bandera no se opone el vacío, sino siempre otra bandera.
Verán como este verano ya no acude a la cita uno de los episodios tradicionales de agosto que en su momento se llamó “guerra de las banderas”, y es porque el conflicto se ha resuelto por esa vía rápida que consiste en que una bandera derrota a otra. No diálogo, ni consenso, ni coexistencia, sino quítate tú que me pongo yo, bandera a franjas por bandera bicrucífera, eso sí, se acabó el problema. Es la concesión -y en el límite, la rendición- sin duda, una forma de apaciguamiento, pero no sé yo si es el camino que lleva a la grandeza, a la libertad y a la unidad que prometen Kerry, Bush, Blair, los franceses y los alemanes o la Unión Europea, precisamente cuando aquí renegamos por instinto del detestable “una, grande y libre”. Es de alabar la buena intención del presidente del Gobierno cuando recibe a los autonómicos entre dos banderas, la de todos y la de cada uno, y Dios quiera que sobrevivan juntas. Al menos por el bien de la vexilología.

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